| Seamos "princesas" y "principes" felices - Newsletter #373 |
Seamos "princesas" y "principes" felices - Editorial
Mis ojos devoran cuanto encuentran en busca de una idea para llevarles cada
jueves, desde un ropero completamente blanco, un ropero que contiene papeles que
pueden capturar toda mi historia, hasta estantes de libros de diversas
encuadernaciones y tamaños (Función social de la Biblioteca Pública).
En los estantes de libros, de pronto se detienen en uno de donde sale una
vocecilla como en los cuentos árabes sale un mago de una botella (La “Nación
Árabe”).
Se trata de las obras completas de Oscar Wilde (Fidelidad y coherencia);
entonces me detengo a escuchar una de las anécdotas; es en verdad no un cuento
escrito sino una “anécdota” que contaba Wilde en los salones, como si hubiera
sucedido:
Lloraban todas las flores, todos los árboles y piedras el día que Narciso se
ahogó (Mitología griega).
Le pidieron entonces al río que les prestara agua.
El río preguntó para qué.
Le contestaron que sus lágrimas se habían secado pero querían seguir llorando
por la pérdida de la hermosura increíble de Narciso, ya que por eso lo habían
amado tanto.
El río contestó que él había amado mucho más que ellos a Narciso, y que
gastaría su agua en sus propias lágrimas para llorarlo, pero que ignoraba que
hubiera sido tan bello.
Le preguntaron –flores, árboles y piedras- si no lo había advertido cada vez
que Narciso se asomaba a mirarse a su superficie.
Y el río contestó que no, que no lo había advertido, y que amaba a Narciso
porque cada vez que se inclinaba sobre él para admirarse, él –el río- podía
observar su propia hermosura en las pupila enormes, transparentes, límpidas de
Narciso.
Mucho más que corbatas
Como asegura con encanto wildeano Jorge Luis Borges (Borges, el cuentista),
Oscar Wilde no fue sólo un señor que se ocupaba de corbatas y de fiestas.
Aunque sea más conocido por lo que en su época se denominó “el gran escándalo”
–que le costó la cárcel, la infamia (es decir, lo contrario de la “fama”), y
finalmente la muerte a los 45 años-, Wilde poseía sentido de la estética,
profundidad filosófica, gran capacidad como crítico literario, enorme talento
como narrador y como poeta y un “charme” por encima de cualquier circunstancia
–sus circunstancias no tuvieron tonos intermedios: fueron la felicidad o la
desgracia (El retrato de Dorian Gray).
En sus últimas épocas, en sus años de tribulaciones e infortunios, se
encontraba viviendo en París en un hotelito de los que todavía guarda esa ciudad
–un miserable “aguantadero”- donde pasaba mucho frío y , algunas veces, hambre.
Sin embargo, dos o tres amigos solían invitarlo a sus veladas; uno de estos
amigos era la gran Sara Bernhard (Historia y evolución del teatro universal)
-quien lo fue hasta el final de la vida de nuestro autor.
Ella lo acercó cierta noche a una actriz cuya belleza había sido de gran fama
en el mundo entero, ya bastante madura en ese momento, y Wilde dijo esta
galantería como presentación: “Qué curioso... ¿puede decirme por qué tiñe su cabello de
blanco?”.
Juegos de máscaras y de poesía
Parafraseando a Wilde, debo decir que creo que todos los que “peinamos canas”
en este blog –según aseguran varios participantes, somos muchos-, lo hacemos
porque tuvimos el capricho de teñirnos el cabello de blanco.
De otro modo no podrían explicarse nuestras pasiones juveniles, como el juego
de máscaras, los juegos de artificio y el juego de “tomar el té con la poesía los
jueves” que es este blog.
Hay diversas edades y ocupaciones aquí, pero en definitiva todos somos...
jóvenes poetas, título resplandeciente por el que debemos considerarnos muy
felices.
No soy yo en especial la musa o la más creativa o apasionada, ¡son ustedes!;
basta leer los comentarios para asombrarse, ¿alguien pensó alguna vez que en
Internet hubiera gente discutiendo tan acaloradamente por el bien, por el mal,
por la religión, por la poesía, por “Itaca”?
(Continúe leyendo este artículo y deje su comentario en nuestro Blog: "Seamos princesas y principes felices")
Por Mora Torres.
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