| Fuego sobre la historia - Newsletter #437 |
Fuego sobre la historia - Editorial
Hace unos días me subí a un taxi, y mientras empezaba a darle las señas de mi
destino al conductor, pasó un carro de bomberos (Los incendios. Causas de los
incendios). Miramos, él y yo, y continué, pero me interrumpió otra formación, y
en segundos una tercera y una cuarta. El chofer se quedó casi hipnotizado unos
segundos y al rato dijo: “cuatro dotaciones son un incendio grande… Yo fui
bombero” (El afronte de la muerte).
Y desde allí a mi destino, bastante lejano, mi nuevo amigo el bombero jubilado
me relató toda la saga de sus incendios, por lo que bajé del coche con un
respeto renovado y estremecimientos nuevos ante la palabra fuego (Todos los
fuegos el fuego).
Con un toque de humor, el único incendio que aconteció en mi vida fue de
fantasía, gracias a Dios (Sentido de humor y perfeccionismo).
Mi hija Mane, que era pequeña, vio mucho humo en el balcón de un edificio
aledaño a donde vivíamos, e insistió tanto y con tanta determinación que llamé a
los bomberos y exageré la cantidad de humo para que llegaran pronto. Fue
fatídico para mí, y también para Mane, porque sólo se trataba de una infracción
de los vecinos a las reglas estipuladas: ¡no se puede hacer asado en los
balcones de los edificios! (Sistema de convivencia en la consolidación de
valores).
Pero ya no es momento de humor; el fuego que invade Grecia, que podría llegar
al Partenón, me hizo recordar e investigar sobre los grandes incendios de la
historia (Estructura e historia…).
Para no repetir aquellos más conocidos, el de Roma, en el 64 (Rafael), o el
de Jerusalén en 587 a.C., comienzo recordando unas hogazas de pan que hicieron
época (Procesamiento del trigo).
Los pequeños olvidos y el Incendio de Londres
A cierta edad uno empieza a guardar los anteojos en el refrigerador, o a
caminar con paso decidido en busca de un objeto que al llegar a la puerta de
donde uno cree que debería encontrarlo desaparece de la mente: “¿Qué era lo que
yo venía a buscar aquí?” (Trastornos y patologías de la vejez…).
No sé qué edad tendría el panadero John Farymor en 1666, en Londres, pero ya
había conseguido, en su por entonces humilde oficio, unas glorias de persona
mayor: era quien proveía de pan al rey Carlos II.
John Farymor se fue a dormir después de un día trabajoso; su hogar ocupaba el
piso de arriba de la panadería.
No sé qué sueños tuvo, pero en sus sueños nadie le recordó que había dejado
ardiendo en la panadería, por descuido, una llama, y que el 2 de setiembre de
1666 ésta daría comienzo al mayor incendio de que se tenga memoria en Londres.
Llamado el Gran Incendio de Londres, desaparecieron en sus fuegos
apocalípticos 13.000 viviendas -número mayor para la época-, y 87 iglesias más
tiendas instaladas en el Puente de Londres. Además llegó hasta los centros
financieros en Southwark, El Guildhale y el Royal Exchange; sólo cenizas
quedaron de ellos.
Y en la Catedral de Saint Paul las piedras estallaron y desenterraron a todos
sus muertos, que descansaban allí desde hacía siglos. El plomo derretido del
techo catedralicio corrió por las calles como la lava de un volcán, pero la
mayor parte de la gente hizo tiempo para escapar, desolada y empobrecida, pero
viva.
Fueron días de Fuego, literalmente: domingo, lunes, martes, miércoles, hasta
que demasiadas cosas se convirtieron en ceniza, la llama se apagó, y hubo que
comenzar a construir todo de nuevo.
(Continúe leyendo este artículo y deje su opinión en nuestro Blog
Editorial: "Fuego sobre la historia")
Por Mora Torres.
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