| Una profecía (o Nostradamus sin profecías) - Newsletter #370 |
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Una profecía (o Nostradamus sin profecías) - Editorial
Profetizo, porque lo deseo mucho y los deseos intensos suelen cumplirse, que
algunas personas serán recordadas por sus auténticos y más humanos méritos -como
Miguel de Nostradamus, que antes que nada alivió a la humanidad de la enfermedad
y el dolor en la medida de sus conocimientos.
Yo sigo en cama, "profetizando" y "delirando"...
Pero ya estoy mejor; no me atrevo a afirmar que ha llegado el “anochecer”, pero
sí que los días dejan sentir su peso.
Este tiempo de reposo me sirvió para revisar el pasado, lo que siempre es de
provecho; además, es abrir una caja con joyas que nunca dejan de estar allí; los
ladrones no pueden tocarlas y tampoco les servirían de mucho, pero mis joyas no
sólo son útiles sino resplandecientes, para siempre, para mí.
Además, tantas semanas de cama hicieron una obra perfecta en mi dormitorio:
me empezó a disgustar el televisor y pedí que lo sacaran; y cambié los adornos
que había sobre los muebles: los guardé a todos y ¡me hice comprar un cactus y lo
puse allí! (le da el sol, que nadie se aflija).
Son tan exigentes los aportes que ustedes hacen, que me siento impulsada a
buscar conocimientos por todos lados para entregárselos, aunque sé que nunca
podré honrar del todo la confianza que tienen depositada en mí (Mujeres guerreras).
Digo “exigentes” porque -además de entregar sabiduría en deliciosas tajadas-,
sin duda ciertas alabanzas están dirigidas a lo que escribiré en el futuro, a lo
que ustedes creen que mi escritura “promete” –y mi futuro, según las
estadísticas, no es un tiempo muy largo, digamos que atendiendo a las más
bondadosas expectativas tengo veinte o veinticinco años de escritura (y un enorme
optimismo), si antes no perdiera las ganas.
Y admitamos que las ganas pueden perderse, como cualquier objeto en el
camino.
Pero mi futuro personal no importa mucho; en lo personal, y aunque sé que
será motivo de polémica, insisto en las delicias del pasado.
Estoy absolutamente de acuerdo con Huyssman, que dice que los seres del
pasado somos nosotros, no los de las Escrituras, no Buda, no los vedas ni quienes
nos legaron los misterios eleusianos (La Biblia; Budismo. Un estilo de vida;
Análisis comparativo de la visión de las religiones Católica, Musulmana e
Hindú; Las Corrientes de Misterios).
Somos nosotros porque cargamos sobre nuestros hombros un gran peso de años y
aconteceres, y ellos eran nuevitos, frescos, estaban listos para inventar el
mundo.
No es que considere que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo que me hace
aprovechar para la cita del bellísimo poema de Jorge Manrique, las “Coplas a la
muerte de mi (su) padre” (Literatura. Jorge Manrique):
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
Pero el pasado es un lugar tan luminoso que, a riesgo de cometer otra de mis
“perogrulladas” (De la fluencia vital argentina y del profundo argentinismo
cultural), me atrevo a afirmar que si no existiera caminaríamos a ciegas por el
presente.
El pasado es un lugar tan hermoso que allí están vivos Homero (Las primeras
culturas de Grecia), Dante y Virgilio (El astrólogo, un chamán de los tiempos
actuales), Cervantes y hasta Sancho y Don Quijote (Verdad, verosimilitud y
realidad en el Cervantes de Don Quijote), Shakespeare, John Donne, Lope de Vega,
San Juan de la Cruz, Sor Juana.
Hacer un listado sería lo mismo que pretender escribir todos los números...
En un artículo anterior me acordé de alguna gente del siglo veinte.
Y paso ahora, directamente, sin más preámbulo, al siglo XVI: hablemos –muy
brevemente, pero ustedes, si pueden, hagan otros aportes- de Miguel de
Nostradamus (Fenómenos psíquicos).
Nostradamus
Todos, en general, tenemos la idea de un caballero algo tenebroso y muy
místico; de hechizos y entuertos, huevos filosofales y probetas rodeándolo (La
Alquimia: El Arte Perdido).
Cada vez que un suceso mundial sacude intensamente nuestro aburrido concepto
de la historia, salen a relucir “las profecías de Nostradamus”.
Ocurrió con antiguas y con nuevas muertes de papas, eclipses, meteoritos,
guerras mundiales.
Se exacerbó el hecho en setiembre del 2001, cuando cayeron las Torres Gemélas
de la isla de Manhattan de Nueva York.
A cada uno de estos acontecimientos –incluido, bastante antes, el asesinato
de John Kennedy- Nostradamus, al parecer, lo había entrevisto.
Lo que creo que no se sabe mucho es que él fue un talentoso médico, valiente
y solidario, que se aproximó muchas veces a la ciencia moderna en sus
descubrimientos.
Curó a miles de enfermos en época de peste con bien estudiadas proporciones
de hierbas y embelleció a las mujeres con diversos cosméticos de su invención, y
mereció de un escritor como el italiano Alberto Savinio muchos párrafos
inolvidables, pero copio apenas dos, muy extractados:
“Dos hombres convivían en Nostradamus: el diurno y el nocturno. Sobre el
nocturno pesaban graves sospechas de brujería y de comercio con espíritus; el
diurno era un probo ciudadano que cuando no estaba (...) de pie junto a la
cabecera de los enfermos, estaba inclinado sobre las frutas que los campesinos le
llevaban del campo, las escrutaba con ojo sabio, las palpaba con las manos
acostumbradas a estrujar tumores y a tamborilear barrigas, las olía, se las
pegaba al oído para escuchar su volumen acuoso (...) La piel de la mujer, ese
sérico revestimiento del cuerpo femenino jubiloso a la vista y dulce al tacto, es
la constante preocupación del Nostradamus diurno. Nacen de él esos ‘productos de
belleza’ que tan glorioso desarrollo y tan elevado destino alcanzarán más tarde.
La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos, como un arco iris
capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del
Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, sin
las enseñanzas de Nostradamus?”
(Continue leyendo este artículo y deje su opinión en nuestro Blog: "Una
profecia (o Nostradamus sin profecias)").
Por Mora Torres.
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