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Escolopendra, Escolopendra... - Editorial
Poetas mayores y menores, regalos inolvidables y otro festín de versos
Hace algunos años había en esta ciudad -es decir, en cualquier ciudad
latinoamericana (El impacto de las tecnologías de información y comunicación en
las sociedades latinoamericanas)- una casa con patio grande, árboles rodeándolo,
sillas y una tarima iluminada desde donde se leían poemas por la noche.
Siempre ocurría en verano, o en los días más cálidos de la primavera, y a veces
una gran luna nos acompañaba y nos hacía pensar en Li Po: “...bebo e invito a
beber a la luna, con ella y con mi sombra seremos tres” (Cultura China)
Allí se bebía poesía buena, mala, antigua, romántica, surrealista, moderna o
posmoderna; no importaba mucho la etiqueta, ni siquiera la calidad (Las Islas de
Chiloé en el Mundo Global).
Era la voz de alguien que bajo luces fantasmales y entre el perfume de rosas y
hortensias (Ikebana: El camino de las flores) leía sus escritos de papel, nos
hipnotizaba con palabras que sonaban a música (Impacto de la Música sobre los
adolescentes).
También se bebía un poco de vino: algunos tenían en la mano un vasito de
plástico blanco (desde acá y ahora mismo brindo con Carlos Esquivel Zapata, quien
escribió en el post anterior: “...sabrá usted que yo soy un chacarero del vino
que por esas cosas de los nietos, me introdujeron en esta caja, donde como usted
bien dice echo a volar los pájaros y además leo y admiro las cosas contadas por
otros (...) me producen una incontable cantidad de sensaciones que me acompañan
en las madrugadas o en las oraciones de la tarde entre mis parrales...").
El vino (Los vinos) no era precisamente el mejor, pero estaba mezclado con
amigos, lecturas y miradas en éxtasis (Los efectos extraños de las
endorfinas).
Y esa era toda la fiesta que tiene guardada mi memoria; escuché leer bajo la
luna y entre los árboles a poetas grandes, medianos y mínimos, y entendí que lo
“mínimo” también hace magia, y que por algo “J. L. B.” tiene un poema
llamado “A un poeta menor de la antología” y otro titulado sencillamente “Un
poeta menor”.
Yéndonos de los versos -pero relacionado con ellos, ya van a ver por qué-
contaré una de mis historias.
Anécdota muy ilustrativa
Un día me sucedió regalar un libro al que, de fábrica, le faltaban palabras.
No era un defecto demasiado importante; el nombre de un poema estaba en blanco
por esos accidentes inevitables, en ocasiones, de la tinta y la imprenta.
Intenté reparar el error -aunque sabía que mi amigo Enrique se daría cuenta de
inmediato, pero yo no quería ocultarle el parche.
Dibujé con tinta china, con mi mejor caligrafía, las palabras “Milibares de la
tormenta”, que tal era el título faltante del escrito de Aimé Cesaire que
figuraba en esa página y que copio para ilustrar la maravilla de este genio de la
Martinica llamado “el poeta de la negritud”, surrealista por vocación y longevo
por gracia de Dios (nació en 1912 y acabo de enterarme que murió hace unas pocas
semanas; les prometo averiguar un poco más, ustedes también pueden hacerlo en
Internet):
“No apacigüemos al día y salgamos a cara descubierta
cara a los países desconocidos que interrumpen el canto de los pájaros
la asechanza se instala a lo largo de un ruido de confines de planetas
no prestes atención a las orugas que tejen
una carne sutil con hombros y senos posibles
sino sólo a los milibares que se plantan en el ojo de una tormenta
para liberar el espacio donde se yerguen el corazón de las cosas y la llegada
del hombre
Sueño no apacigüemos
entre los clavos enloquecidos
un rumor de lágrimas que se dirige a tientas hacia el ala inmensa de los
párpados”.
(Busquen por mí en el diccionario la palabra “Milibar”, cuyo significado
desconozco pero imagino en parte.)
El arreglo que hice quedó bastante bien: se notaba que había intentado reparar
un “error de fábrica”; el libro acababa de ser adquirido por mí, y, además, era
hermoso (“física” y “espiritualmente”).
Pasó un año y medio y en un cumpleaños alguien me lo regaló, supe que era el
mismo ejemplar precisamente por el arreglo que yo le había hecho al escribir en
tinta china.
El obsequiante no era Enrique sino otra amiga, llamada Milita, de quien ni
siquiera yo hubiera sospechado que conocía a Enrique, por lo que entré en
averiguaciones, y era verdad, ¡no se conocían!
¡El libro había pasado por muchas manos antes de regresar a mí!
Estaba intacto, con un nuevo papel de celofán y un moño rojo con ribetes
verdes.
Lo agradecí, y ahora lo tengo entre mis preferidos, a mi lado para siempre,
imprestable por decisión mía.
Es la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, publicada por
editorial Argonauta, en cuya tapa hay una boca de espléndidos labios sobre fondo
rojo, de Man Ray, el gran fotógrafo.
(Continúe leyendo este artículo y deje su opinión en nuestro Blog: "Escolopendra, Escolopendra...").
Por Mora Torres
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